Porque aunque pase el tiempo nunca podrás olvidar el amor verdadero

CAPITULO 1

viernes, 4 de junio de 2010


Sus ojos oscuros, negros como la oscuridad de la noche, me miran pero no me ven. Toco su piel, fría como la nieve, pero no me siente. Su silueta delicada me parte el alma produciéndome un mareo repentino. Mi mente se queda en blanco durante unos momentos y todo me da vueltas. ¿Qué se le pasó por la cabeza?
Abro los ojos, y aferrando su muñeca, compruebo que las marcas siguen ahí, noto su sangre que palpita agitada y comienzo a llorar desesperada. Su cuerpo cada vez palidece más, y junto con su palidez, mi miedo a perderlo. Intento hablarle, tan solo necesito una palabra, una sola de sus fríos labios que me indiquen que sigue aquí conmigo.
Un movimiento suave en mis manos hace que todo mi cuerpo se estremezca. Miro hacia abajo, pero las lágrimas empañan mis ojos, intento sacármelas pero soy incapaz de pararlas, porque cuando el dolor es demasiado intenso como para poder soportarlo necesitamos una vía de escape que calme nuestros corazones, y ahora mismo, mi única salida son las lágrimas cristalinas y saladas que recorren rápidas mi rostro. Noto su mano acariciando mi cara, cierro los ojos y aprovecho el momento, cuando vuelvo a abrirlos lo veo, esta ahí, con su cabeza reposada en mi regazo, tan débil, tan indefenso. Intenta decirme algo, pero sus palabras no son mas que lentos susurros que no logro entender. Me dedica una cálida sonrisa que intento corresponder pero no soy capaz. Y con una última mirada sus ojos dejan de ver, sus oídos de ir y su corazón de latir.
¡No! mis labios pronuncian palabras que nadie escucha, susurros lentos y dolorosos. Él ya no está. No consigo hacerme a la idea. Los minutos pasan lentos, apoyo mi cara sobre las manos y lloro en silencio. Y cada lágrima es un recuerdo vivido a su lado, una sonrisa de sus labios, una caricia, una mirada, un beso, un abrazo... Él que lo fue todo y ahora ya no está. El sonido de la ambulancia en la que estamos ha dejado de sonar. Está apagada como su vida. ¿Por qué lo hizo? Por más que lo intento no logro entenderlo.
El médico que lo ha asistido se acerca lentamente a mí, pero lo que menos necesito ahora es la compasión de nadie. Lo único que quiero es volver a ver su sonrisa, el brillo tan especial de sus ojos, volver a sentirme una niña cuando me arropaba en sus brazos. Con un movimiento lento aparto esos pensamientos de mi cabeza y me encojo en el suelo con los brazos sujetando fuertemente mi pecho, en un intento desesperado de volver a montar los pedazos en los que ahora mismo se encuentra. Las lágrimas siguen recorriendo juguetonas mi rostro, y aunque intento pararlas no puedo, el dolor es demasiado intenso. Me cuesta respirar. La vista se me empieza a nublar, las manos ya no me responden. Lo siguiente que veo es la oscuridad que me envuelve y me arrastra cada vez más hacia ella como si fuese una simple marioneta, un triste títere sin cabeza. Y finalmente dejo de escuchar los ruidos que se producen a mí al rededor, dejándome sumida en la más absoluta inconsciencia.

Despierto, me froto los ojos y siento como el rimel de mis ojos se corre ennegreciéndolos. Siento que me da igual, hoy todo me da igual. Ahora mismo la vida no tiene sentido. Me incorporo y un mareo recorre mi cuerpo, cuando se pasa, miro de lado a lado pero no se donde estoy. Levanto la sabana y me pongo de pie, me miro y llevo puesto un camisón blanco. Está situación empieza a ponerme nerviosa: veo todo blanco, no siento el cuerpo. Abro la puerta lentamente pero todo sigue igual de blanco. Entonces es cuando empiezo a correr, pero apenas doy tres pasos resbalo y caigo al suelo acompañándome de un grito desgarrador.
-Emergencia en pasillo 11, repito, ¡emergencia en pasillo 11!
La enfermera encargada del pasillo 11 corre apresuradamente al verme en el suelo y llama a sus superiores. Minutos después un grupo de cuatro personas se acercan rápidamente hacia mí. Dos enfermeras, un enfermero y el médico encargado del pasillo. Evidentemente yo e perdido la consciencia. Es ya la segunda vez que me pasa desde que él no está aquí. Desde la primera vez han pasado ya dos semanas. Pero para mí, todo sigue siendo igual de doloroso. Todas las mañanas desde el día en que sucedió me levanto sin saber donde estoy, todo me da vueltas, y sigo sin aceptar que estoy enferma. Enferma de amor.
Las dos enfermeras agarran mi frágil cuerpo y me trasladan a una camilla. Pasado un rato despierto adormilada, aún no se a pasado del todo el efecto de la anestesia y me siento perdida, una vez más. Aunque últimamente la sensación de no recordar y sentirme desubicada es muy común en mí día a día. La enfermera entra, sonríe brevemente, anota en su cuaderno.
-¿Estás bien? ¿Notas alguna molestia? -pregunta-
-No -contesto. Y después se va. No se que día es, ni que hora. Vivo sin pensar en que ocurrirá mañana. Solo me preocupa él. ¿Dónde estará ahora?

Al rato aparece mi madre. Cuando la veo suelto un largo suspiro de resignación, sabiendo que las horas que me quedan van a ser muy largas. Se acerca presurosa a mi cama y me besa la frente, me mira a los ojos esperando una respuesta adecuada a su muestra de afecto, pero hace tiempo que dejé de responderle.
-Cariño ya me han contado las enfermeras, tienes que dejar de levantarte.- Sus ojos azules, los cuales yo he heredado, me escrutan buscando algún tipo reacción a su comentario, pero no haya nada, porque en mi ya no queda nada más que dolor.
-Déjame en paz mamá. ¿Por qué no te vas a casa? Aquí no vas a hacer nada.- Sé que he sido demasiado dura, pero no me importa.
-Hija estoy aquí para cuidarte y ayudarte a superar tu dolor.
Cuando acaba de decir la frase no puedo más que echarme a reír, aunque mi risa suena falsa y cansada.
-No me hagas reír mamá. ¿Superar mi dolor? Tú no sabes lo que es perder a la única persona que has querido en tu vida. Haz me un favor y lárgate, en vez de ayudarme no haces más que joderme más. ¡LÁRGATE!- Se le inundan los ojos de lágrimas y con un corto sollozo sale de la habitación.
Cuando oigo el ruido de la puerta al cerrarse, cierro los ojos y dejo que las lágrimas acudan a mis ojos y se derramen por mi rostro. Los pinchazos vuelven a estar ahí, noto que la respiración se me agita y grito, grito por toda la rabia que siento y por el dolor que se ha implantado en mi corazón creciendo cada segundo y el cual soy incapaz de arrancar. Miro a mí alrededor y lo encuentro. Cojo el cacho de cristal del florero que la mañana anterior rompí y el cual las enfermeras a un no han recogido. Me tumbo otra vez en la cama y apretando fuertemente los dientes me hago un corte profundo en la muñeca. Cierro los ojos y espero a que aparezca el dolor, sí, ahí esta. Me dejo llevar por ese palpitar de la sangre y dejo que mi cuerpo se relaje. No, no intento suicidarme, tan solo intento alejar o hacer menos notable el dolor que me atenaza y me impide respirar. Oigo los pasos acelerados que se acercan, y ahí están, tres enfermeras entran corriendo en la habitación y empiezan a hablar a gritos, a dar ordenes y curarme la herida. Una de ellas me pregunta algo, pero yo estoy muy lejos. Estoy con él.

Ya no sé cuantos días llevo en el hospital. Estoy en un estado de duermevela, pero no sé que es mejor, si el dolor punzante que siento constantemente cuando estoy consciente, o las aterradoras e intensas pesadillas que me persiguen en sueños. Mis lágrimas han dejado de derramarse y ya no consigo recordar como se sonreía. Las enfermeras dicen que dentro de poco me darán el alta, ya que hace varios días que no sufro ningún ataque, pero no tengo fuerzas, ya no me queda nada. Soy como un alma en pena condenada a sufrir una condena demasiado larga, demasiado cruel. Las horas pasan lentas y el día se me hace eterno. Constantemente entran y salen médicos y enfermeras de mi habitación y eso me irrita. Al mirar mi muñeca vendada recuerdo el día en que el que lo hizo. Estoy intentando seguirle el juego, sentir lo que el sentía, entender que quería conseguir. Quiero dar con las respuestas a todos mis dilemas, pero ahora no encuentro el modo.
El doctor que me ha atendido todos estos días, entra mirando una carpeta y sonriendo se gira hacia mi.
-¿Qué tal estás Samantha?
-¿Hace falta que le conteste doctor?- Digo lo más brusca que puedo.
-Bueno, tengo noticias muy buenas para darte.
-¿Me muero?- Digo en un intento de sonreír. El médico entrecierra los ojos. Toma una larga bocanada de aire y prosigue.
-Puedes irte a casa, tu madre está arreglando el papeleo, ahora sube a buscarte.
- Preferiría no tener que verla.
-Pues tendrás que hacerlo.
Me cruzo de brazos y frunzo el ceño dándole a entender que no quiero seguir hablando. Él se encoge de hombros y sale de la habitación. En el momento en que abre la puerta, entra mi madre seguida de dos enfermeras.
-Bien Samantha- dice una de ellas
- Vamos a quitarte todos esos tubos y podrás marcharte a casa.
Ambas chicas se mueven rápido y en unos segundos estoy libre y capacitada para moverme sin tener que arrastrar ningún estúpido gotero. Mi madre, que hoy está mas seria de lo normal, me da ropa limpia y dice con voz mecánica y hueca:
-Vístete rápido, te espero abajo en la recepción.
Se marcha sin más, sin una sonrisa, sin una mirada, sin una muestra de afecto.
Pero no voy a fingir que me importa. Desdoblo la ropa que me ha dado mi madre y la veo. Es la camiseta, la camiseta que me regalo él y ella lo sabe, sabe quien me la regaló. ¿Que pretende al traérmela? ¿Joderme más la vida? La rabia me inunda por dentro y sin poder evitarlo le doy un puñetazo a la pared. Noto el crujir de los nudillos, pero no me importa, el dolor me sirve para despejar la mente. Con el botón de la cama, llamo a una enfermera y dejo que me cure la mano. Una vez lista, me visto rápidamente y bajo a la recepción. La encuentro sentada en uno de esos incómodos asientos que están en las salas de espera. Le dedico la mirada más cruel que soy capaz de mostrar y me acerco a ella.
-Has tardado mucho- dice con el ceño fruncido- ¿Qué te ha pasado en la mano?
-Nada. Un golpe tonto.
Ella asiente ligeramente y se encamina hacia el aparcamiento.
Llego a casa y al entrar en mi cuarto me invaden los recuerdos de mi vida antes de que él muriese. Recuerdos de cuando era feliz. Aún veo su sonrisa de niño malo dibujada en el aire. Directamente me dirijo al ordenador y veo los mensajes recibidos durante las últimas semanas. Todos me preguntan si estoy bien y me dan el pésame diciéndome que lo sienten. Pero para mi es un tormento porque dudo mucho que alguno de ellos lo sienta de verdad, dudo mucho que ellos sean capaces de entender este dolor. El último mensaje que leo es el de Victoria. Hace unos días vino a verme al hospital, la verdad que no entiendo porque, ella y yo no nos conocíamos de nada, pero no pude preguntarle que quería, me recordaba tanto a él. Ahora me siento culpable por haberle echado, pero ya es tarde. No quiero cenar, así que me tumbo en la cama a leer un rato y a las nueve ya estoy durmiendo. Creo que mañana llamaré a Victoria, debería hablar con ella.

2 comentarios:

Viic (L) dijo...

me gusta me gusta chicas! lo único que yo cambiaría sería lo de las lágrimas juguetonas. en una historia tan triste y deprimente, queda mejor sin eso.
LAUU, ME HAS PUESTO LOS CUERNOS

PiedraPapelTijera dijo...

jajaja gracias vikoo!! ya te avisaremos cuando vayamos escribiendo :)
porcierto aora lauu es mia valee?